Bueno, realmente es el que viene, pero ya llevo varios días dándole vueltas a cómo me voy a organizar, que comiditas les voy a hacer y a dónde les voy a llevar. Porque no es que esté separada ni divorciada (que también podría ser), sino que otra maruja y yo hemos ideado el sistema perfecto para poder disfrutar de la vida ¡de nuevo! aunque sea sólo por unas pocas horas.
Y no puede ser más sencillo: de vez en cuando, nos intercambiamos a los peques. Es decir, un fin de semana yo me quedo con los suyos y otro se queda ella con las mías. Un chollazo.
El tema surgió casi por casualidad. En navidades, yo me había cogido unos días para "cubrir" las vacaciones del cole y estaba con las peques en casa. La otra maruja estresada y su marido trabajaban y les dije que se trajeran a los niños, y para no hacerlos madrugar, que se quedaran a dormir el día anterior. Tengo que reconocer que, después de colgar el teléfono y organizar cómo lo íbamos a hacer, me entró el pánico ¡si no puedo con dos que va a ser de mi con cuatro, me voy a morir! Pero, sorpresa, se portaron de lujo: no dieron nada de guerra, estuvieron jugando todo el tiempo, comieron de maravilla... Parecía que no eran nuestros monstruos de siempre.
Poco después ocurrió al revés: fin de semana y yo con trabajo a tope. Hablamos y me dice que le lleve a las peques a jugar con los suyos, para que me cundiera más y no estuviera tan agobiada con ellas en casa encerradas. Se las llevé y hubo una primera innovación: V y yo salimos a cenar. Al restaurante de al lado, cierto, pero fue un descubrimiento, nos lo pasamos genial.
Poco a poco hemos ido más allá: dos noches en lugar de una, todo el fin de semana, desde el viernes a primera hora de la tarde hasta el domingo a última hora... ´
La última vez que me tocó estar libre fue la bomba: cenita romántica, concierto de Juan Perro, copas hasta altas horas de la madrugada (bueno, las 2, ya no tengo el cuerpo para más...) Y ahora le toca a ella disfrutar de la vida ¡y la verdad es que me hace mogollón de ilusión !!!!!!!
Somos unas amigas, de las de toda la vida, con bastante sentido del humor y un poquito de mala leche. Queremos hablar de lo que nos agobia, lo que nos molesta y lo que nos cabrea porque estamos ¡Muuuuuuy hartas!
jueves, 16 de junio de 2011
miércoles, 1 de junio de 2011
Mi héroe ya no me salva
Esta mañana, como siempre, estaba en el baño esperando a que se calentara el agua para ducharme mientras las neuronas empezaban a conectarse. Por fin alguna ha decidido ponerse en marcha y he visto ¡una araña! Enorme, de esas de jardín, patuda, pero de las de patas laaaargas y finitas... Y que debía estar dormida, porque no se movía.
El grito no se ha hecho esperar, claro. Pasaban los segundos... Los minutos... Y por allí no aparecía nadie, mientras yo seguía mirando fijamente al bicho. Claro, al rato ya he llamado ¡VVVVVV.....!!!!
Aparece mi maridín y le digo ¡una araña! y me suelta ¡ah, por eso gritabas!
Tócate los pies, me he quedado muerta matá ¡me oye gritar a las 7 de la mañana y se queda tan pancho! Qué tiempos aquellos cuando venía corriendo al menor gritito...
Estaba tan flipada que ni siquiera le he dicho nada cuando se ha liado a zapatillazos con el pobre bicho (por mucho miedo que me den, prefiero que las coja por una patita y la tire por la ventana pero que no la mate) y la ha tirado sin ceremonias por la taza.
Esto me ha recordado otro accidente arácnido de hace un par de veranos, cuando otra maruja estresada y yo habíamos alquilado un chalé a medias para pasar las vacaciones en la playa con toda la tropa.
Una mañana, mientras se preparaba el café, me puse a recoger la ropa que teníamos tendidas en el porche de la cocina y ¡horror! al sacudir una toalla, me saltó encima otra araña y se me metió dentro de la camiseta-pijama.
Los alaridos se oían en la playa; no dejaba de pegar botes por todo el jardín como una loca, mientras me daba manotazos y me sacudía la ropa. Y los demás, al borde de la apoplegía riéndose como condenados, mi querido marido el primero ¡les faltó grabarlo en vídeo!!!
El grito no se ha hecho esperar, claro. Pasaban los segundos... Los minutos... Y por allí no aparecía nadie, mientras yo seguía mirando fijamente al bicho. Claro, al rato ya he llamado ¡VVVVVV.....!!!!
Aparece mi maridín y le digo ¡una araña! y me suelta ¡ah, por eso gritabas!
Tócate los pies, me he quedado muerta matá ¡me oye gritar a las 7 de la mañana y se queda tan pancho! Qué tiempos aquellos cuando venía corriendo al menor gritito...
Estaba tan flipada que ni siquiera le he dicho nada cuando se ha liado a zapatillazos con el pobre bicho (por mucho miedo que me den, prefiero que las coja por una patita y la tire por la ventana pero que no la mate) y la ha tirado sin ceremonias por la taza.
Esto me ha recordado otro accidente arácnido de hace un par de veranos, cuando otra maruja estresada y yo habíamos alquilado un chalé a medias para pasar las vacaciones en la playa con toda la tropa.
Una mañana, mientras se preparaba el café, me puse a recoger la ropa que teníamos tendidas en el porche de la cocina y ¡horror! al sacudir una toalla, me saltó encima otra araña y se me metió dentro de la camiseta-pijama.
Los alaridos se oían en la playa; no dejaba de pegar botes por todo el jardín como una loca, mientras me daba manotazos y me sacudía la ropa. Y los demás, al borde de la apoplegía riéndose como condenados, mi querido marido el primero ¡les faltó grabarlo en vídeo!!!
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