Esta mañana, como siempre, estaba en el baño esperando a que se calentara el agua para ducharme mientras las neuronas empezaban a conectarse. Por fin alguna ha decidido ponerse en marcha y he visto ¡una araña! Enorme, de esas de jardín, patuda, pero de las de patas laaaargas y finitas... Y que debía estar dormida, porque no se movía.
El grito no se ha hecho esperar, claro. Pasaban los segundos... Los minutos... Y por allí no aparecía nadie, mientras yo seguía mirando fijamente al bicho. Claro, al rato ya he llamado ¡VVVVVV.....!!!!
Aparece mi maridín y le digo ¡una araña! y me suelta ¡ah, por eso gritabas!
Tócate los pies, me he quedado muerta matá ¡me oye gritar a las 7 de la mañana y se queda tan pancho! Qué tiempos aquellos cuando venía corriendo al menor gritito...
Estaba tan flipada que ni siquiera le he dicho nada cuando se ha liado a zapatillazos con el pobre bicho (por mucho miedo que me den, prefiero que las coja por una patita y la tire por la ventana pero que no la mate) y la ha tirado sin ceremonias por la taza.
Esto me ha recordado otro accidente arácnido de hace un par de veranos, cuando otra maruja estresada y yo habíamos alquilado un chalé a medias para pasar las vacaciones en la playa con toda la tropa.
Una mañana, mientras se preparaba el café, me puse a recoger la ropa que teníamos tendidas en el porche de la cocina y ¡horror! al sacudir una toalla, me saltó encima otra araña y se me metió dentro de la camiseta-pijama.
Los alaridos se oían en la playa; no dejaba de pegar botes por todo el jardín como una loca, mientras me daba manotazos y me sacudía la ropa. Y los demás, al borde de la apoplegía riéndose como condenados, mi querido marido el primero ¡les faltó grabarlo en vídeo!!!
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