sábado, 23 de abril de 2011

La cocacola, sin hielo, por favor

Con esta maravilla de Semana Santa que nos está haciendo, ayer mi maridín, mis peques y yo sucumbimos a uno de los recursos más socorridos de las familias con niños: ir al centro comercial, una juerga loca, vamos. La idea era jugar una partida de bolos y tomar algo, pero había tal cola en la bolera que los planes se quedaron en la mitad.
Así que nos fuimos a estrenar un nuevo restaurante que habían abierto, monísimo, en plan hamburguesería americana de los años 50, con los asientos corridos, las batidoras, las camareras vestidas con batitas rosas... Igualito que ese donde iban a pasar la tarde John Travolta y Olivia Newton-John en Grease.
Total, que nos pedimos nuestras hamburguesas, perritos y, de postre para las peques, un batido. Genial. Pues no, porque lo trajeron todo junto ¿y quién es capaz de convencer a dos crías de que se tomen un perrito caliente antes del batido de chocolate blanco y no al revés? Misión imposible. Bueno, pues nada, se trata de disfrutar, así que que se lo tomen como quieran, por una vez...
Pero lo malo no fue eso, sino que pedimos un par de cocacolas y ¡menudo timo! Nos traen un vaso minúsculo, rebosante de hielo, con unas gotas de cocacola dentro que debían ser para dar color, otro sentido no tenían. En un sorbo, ya no quedaba ni rastro de cocacola, tan sólo aguachirri de los hielos que se derretían.
El remate: cada dos por tres aparecía una camarera a preguntar si se podía llevar los platos, los vasos, las servilletas ¡menos mal que no era un restaurante de comida rápida ni había gente esperando! Vamos, que nos ventilaron en menos de media hora ¡menudo estrés! Imagino que volveremos, pero para la próxima no me pillan: iré pidiendo las cosas de una en una, a ver si así puedo comer sin que me quiten el plato de las manos ¡y la cocacola, sin hielo, por favor!

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